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Custodia Moreno: la lucha de una enfermera de barrio

La enfermera y activista ha hablado con nuestra revista CURAS: nos explica cómo ha vivido desde las barracas sin servicios a una enfermería consciente y comprometida. Esta es la trayectoria de una profesional que ha convertido la cura en una forma de resistencia.

Cuando Custodia Moreno habla sobre su llegada a Barcelona, lo hace desde una memoria que es a la vez íntima y colectiva. “Vinimos a Barcelona en el año 47, fruto de la situación de la posguerra, porque a los que habían perdido la guerra no les daban trabajo.” Aquel desplazamiento, compartido con tantas familias, la situó de pleno en un escenario de precariedad que marcaría su manera de entender la cura. 

El primer contacto con la ciudad fue duro. “Cuando llegamos al piso […], resultó que era para cuatro familias, solo una habitación con derecho a cocina. Fue el primer jarrón de agua fría.” Poco después, la barraca acontecería casa suya: “Imagínate lo que era: no teníamos agua potable, no teníamos luz eléctrica, no teníamos nada.” 

Aprender a cuidar en la precariedad 

En este contexto, estudiar enfermería fue un acto de determinación. “Estudié toda la carrera de enfermería con una vela, con un candil por la noche.” Entre jornadas laborales y estudios nocturnos, construyó una vocación arraigada a la realidad. “Tenía dos pasiones: la música y la enfermería, pero elegí enfermería porque era ciencia y servicio a los otros”.

Para Moreno, esta vocación tiene matices. “Siempre digo, cuenta con la vocación, con v  la de vocare, pero también con “b”, la de boca, porque se tiene que comer.” Una mirada lúcida que conecta ideal y supervivencia, ciencia y vida cotidiana. 

Su itinerario profesional la llevó a un centro de medicina preventiva que describe con admiración: “Teníamos pediatras, trabajadoras sociales, psicólogos, cardiólogo, oftalmólogo... aquello era Hollywood.” Un modelo avanzado para el momento, que reforzaba la idea de cuidar en equipo y desde una visión integral. 

Ser enfermera: romper roles 

Aun así, el ejercicio de la profesión no estaba exento de tensiones. “A las enfermeras se nos veía como las secretarias del médico, y yo esto no lo aceptaba. No entendía que la enfermería fuera llevar café y abrochar batas.”

 

Esta conciencia crítica se inscribe en una mirada feminista que ha mantenido a lo largo del tiempo. “Diría a las jóvenes que han elegido una buena profesión, pero que lo tienen que trabajar y tener muy claro que el feminismo es la igualdad”. Y añade una idea clave para la profesión: “Es importante que haya mucha camaradería entre nosotros.”

Cuidar también es transformar 

Su trayectoria no se puede separar de su implicación vecinal. Desde las barracas hasta la transformación de los barrios del Carmel y Can Baró, la lucha por las condiciones de vida forma parte de su manera de entender la cura. La salud, en su relato, no es solo asistencia, sino también vivienda digna, servicios y comunidad. 

“Lo que tenemos hoy no nos lo han regalado, lo hemos tenido que ganar a pulso.”

Con la perspectiva de los años, insiste en el valor de lo que se ha conquistado. Y desde esta experiencia dirige un mensaje a las nuevas generaciones: “Es fantástico lo que tenéis, pero valoradlo, porque costó mucho conseguirlo”.

La inmigración en la actualidad 

A la vez, establece un puente claro con el presente: “Ahora, con toda la inmigración que viene, es la misma historia, pero peor porque se juegan la vida en las pateras”. Una constatación que conecta el pasado con los retos actuales y recuerda que la cura también implica mirar el mundo con responsabilidad. 

En su trayectoria, cuidar no ha sido nunca una tarea limitada en un espacio clínico. Ha sido, sobre todo, una manera de estar en el mundo: atenta a los otros, crítica con las desigualdades y comprometida con transformarlas.