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Verano a contrarreloj: la realidad enfermera

Artículo de opinión de Carme Cugat, Secretaria provincial de SATSE Lleida.

Hace pocos días, una joven enfermera que trabaja por la noche me explicaba que el verano no le genera la ilusión que despierta en muchas familias. Ella y su pareja, también enfermero, dedican tiempo y esfuerzo a encajar turnos, actividades de los hijos y horas de descanso. Una auténtica carrera de obstáculos.

La realidad de las enfermeras y los enfermeros es diferente a la de la mayoría de los trabajadores. Trabajamos por turnos, las noches, fines de semana y festivos. A menudo, además, acabamos estableciendo relaciones de amistad o de pareja con otros enfermeros y enfermeras que comparten estos mismos horarios. Cuando los dos progenitores trabajan en el mismo hospital o en centros sanitarios con turnos similares, la conciliación se complica enormemente.

Durante el curso escolar ya es difícil organizar la vida familiar. Pero el verano agravia todavía más la situación. Esplai, casales y campamentos finalizan mucho antes que muchas jornadas laborales, especialmente las por la tarde o noche. Muchas familias se encuentran sin recursos para cubrir el cuidado de los hijos durante las últimas horas del día, porque ellos estan en el trabajo.

A esto se añade que las medidas actuales de conciliación no responden a la realidad del colectivo. La reducción de jornada implica una pérdida económica importante y, a menudo, tampoco permite adaptar los días o los horarios a las necesidades familiares. También continúa faltando una planificación más flexible, especialmente cuando los dos progenitores son enfermeros.

Más allá de la conciliación

Pero la conciliación no es el único problema. A esta realidad se suma una carencia crónica de enfermeras, la insuficiente estabilización de las plantillas y la carencia de continuidad laboral. Para muchas profesionales, la vida laboral se convierte en un interminable encadenamiento de contratos temporales, renovaciones constantes e incertidumbre sobre su futuro inmediato. Esta eventualidad dificulta la planificación personal y familiar, impide consolidar equipos estables y acaba repercutiendo tanto en el bienestar de los profesionales como en la calidad asistencial que recibe la ciudadanía.

Hay que pensar que las consecuencias van todavía más allá. Esta carencia de estabilidad, sumada a las dificultades para conciliar y a la sobrecarga asistencial, acaba desgastando muchos profesionales. Enfermeras y enfermeros que escogieron esta profesión por vocación se plantean dejarla para buscar una estabilidad laboral, unas condiciones de trabajo más digno o incluso oportunidades fuera del sistema sanitario.

Cuando el sistema no es capaz de retener su talento, no solo pierden los profesionales: pierde toda la sociedad.

Aquella enfermera solo pide poder ejercer su profesión sin renunciar en su vida familiar. Desde SATSE Lleida reclamamos medidas de conciliación reales, adaptadas a la realidad enfermera y a las necesidades de las familias. Porque cuidar quién cuida no es un privilegio: es una necesidad para garantizar una atención segura y de calidad a toda la ciudadanía.